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Patrulla 04-7541

La voz tosca, golpeada y grosera de un cabo primero de la Policía y la mirada tranquila de un patrullero sumiso y frío, me obligaron a abordar bajo una falsa promesa, el calabozo móvil que luego me pasearía por un vasto sector de Chapinero, en medio de una noche de viernes, bullosa alegre para algunos, marcada por el alcohol y el ambiente fiestero de quienes poco duermen esa noche de la semana.

 

Eran las 12 de la madrugada y por azares del destino o tal vez por falta de cuidado, en un abrir y cerrar de ojos me encontraba detenido tratando de hallar una explicación a lo que me acontecía y deseando tener siquiera un minuto de recarga en el celular para avisarle a alguien lo que me pasaba.

 

La tristeza apareció cunado la ruta que esperé por más de media hora para que me llevara a casa, se burló de mí al aparecer justo cuando el agente que no entendía razones y poco le importó que fuera un estudiante carnetizado, ajustaba la puerta enrejada del vehículo acondicionado como jaula para transportar reos, maleantes y desprevenidos que como yo osaban orinar en una esquina porque el llamado del cuerpo no daba espera.

 

Fui el primer infortunado de la noche. Lejos estaba yo de imaginar que sólo 15 horas después volvería a estar libre luego de haber sido detenido por nada. Mi capacidad de paciencia y aguante amenazaron con abandonarme ahuyentadas por el tono altivo del cabo primero que me llevó a todos los puestos de Policía de la localidad, mientras intimidaba a los gamines y demás transeúntes que deambulaban por las acalles y no eran de su agrado, con llevarlos a la UPJ y dejarlos allá por 24 horas.

 

En el recorrido monótono que transitaba hasta tres y cuatro veces por el mismo lugar, el agente negociaba con orgullo y de forma un poco oculta y sospechosa con los propietarios y administradores de bares de la localidad, mientras mi vaga idea de quedar libre pronto para refugiarme en el calor de mi casa, se iba desvaneciendo en tanto avanzaba la noche.

 

Una sensación de ansiedad y zozobra tomó parte de mí, los agentes que me tenían a su merced no me inspiraban confianza y por un momento imaginé que podría pasar a engrosar la lista de desaparecidos de este país o en el peor de los casos, abandonado por la suerte y por Dios, aparecer como un mal llamado falso positivo. Qué desgracia, las calles llenas de delincuentes y gente que hace daño y yo reducido en mi voluntad y detenido por nada.

 

Tres vueltas completas habían pasado cuando en el CAI de Lourdes, en medio de la bulla y el vaivén de la gente que se había entregado a disfrutar la noche, dos jóvenes que evitando pagar una cuenta en un bar armaron trifulca, fueron detenidos y llegaron a hacerme compañía. En medio de sus lamentaciones en voz alta, uno de ellos con cara de trásfuga y expidiendo su rencor hasta por los poros, al igual que yo decía estar ahí por nada.

 

No pasó mucho tiempo para que un supuesto diseñador industrial que se caía de la embriaguez y con claros indicios de estar bajo el efecto de sustancias narcóticas, ingresara al grupo de aquellos que no pasábamos por nuestra mejor noche.

 

Cuando el reloj, mi reloj, el cual escondí hasta el último minuto de mis perores 15 horas, marcaba las tres y cinco de la madrugada, una puta ebria de alcohol y drogas y quien argumentaba ser amante de un coronel de la Policía que no se encontraba en la ciudad, fue agregada al grupo de desfavorecidos por Dios aquella noche. La mujer que luchó hombro a hombro con cinco agentes, fue dominada y empujada a mi lado. De inmediato se vino en llanto y vociferó contra los hasta entonces sordos policías, pues ella también estaba ahí por nada.

 

Los últimos seis infortunados fueron aprehendidos en el exclusivo sector de la 93, luego de una riña en un parqueadero. Tres de ellos de encumbrada posición social y los tres restantes, tan normales como los otros cinco desesperados, tan normales como todo el mundo. Qué casualidad, estos seis también alegaban ser culpables de nada.

 

Pasadas las cinco de la madrugada, cuando el cielo ya se disponía a aclarar y cuando en mí no quedaba otro sentimiento que resignación, las enormes puertas del sitio de reclusión, cuyo color me fue imperceptible por la poca luz, dieron paso al carruaje verde y blanco. Nada que hacer, el arresto era inminente.

 

La histeria de la mujer que insultó una y otra vez a los agentes, al tiempo que golpeaba hasta el cansancio las paredes de la patrulla y el vidrio que le permitía a los policías tenernos vigilados, daba indicios de desaparecer. Pero surgió nuevamente cuando ésta se enteró de que sería totalmente requisada, que escrutarían su cartera y, por supuesto, le encontrarían la cocaína que guardaba en ella.

 

“¡Ay Dios!, y esta cosa sin ventanas”, dijo la mujer. Su angustia fue tal que el cabo primero la advirtió, le recordó su condición de puta y siguió coqueteándole como lo había hecho desde que la subió a la patrulla. Ella sacó dos pequeñas dosis de su cartera, las sostuvo en sus manos y creyendo que nadie se enteraba, resolvió arrojarlas por su espalda, aunque quedaran en el mismo vehículo. Al fin y al cabo, la idea era que no las encontraran en su poder, cualquiera podría ser el dueño, entonces, ¿por qué tendrían que acusarla a ella una vez las encontraran?

 

Tan pronto el carro fue estacionado, la voz pesada ofensiva y humillante del cabo primero se dirigió nuevamente hacia los reos para que descendiéramos. Eran las cinco y 20 de la mañana. La primera impresión que llegó a mí fue la de un lugar lúgubre, frío y repugnante. Sólo atiné a reconocer la jaula móvil para descubrir que había sido paseado por Bogotá y testigo del ambiente nocturno de Chapinero, desde la patrulla 04-7541.

 

Tras una breve reseña en la que me despojaron de accesorios y pertenencias, fui recluido en un pabellón que parecía ser el imperio del frío. Hueco, sucio y tapizado en piso y paredes por el excremento de las palomas que sobrevuelan hasta en las noches sobre las cabezas de peleadores, drogadictos, menores de edad, gente como yo y quién sabe qué más. Mientras caminaba hacia aquel cercado deprimente que bien atiné en nombrar El Pabellón de la Desolación, dejé en la puerta mi esperanza de salir pronto con el advenimiento del sol y sacudí mi miedo para no desconfiar de todo.

 

“Nada les va a pasar”, dijo mientras cerraba la puerta, una mayor de la Policía a los tres detenidos de encumbrada posición social, quienes temblorosos y más abandonados que yo suplicaban y rogaban que no los metieran ahí.

 

La bienvenida nos la dieron las miradas tristes de los otros reclusos, un frío escapado de alguno de los polos que ardía en la piel y doblegaba el cuerpo y un olor putrefacto que hasta el mismo aire rechazaba. Unos bancos negros y amarillos construíos en metal, destartalados, oxidados y fríos como un témpano de hielo, deberían ser nuestro lecho cuando el sueño nos venciera y nuestro descanso cuando nuestros pies se entumieran y no soportaran más el peso de nuestros cuerpos.

 

Pronto amaneció. La luz fría y escasa que se desprendía del cielo gris y pesado se abría paso por entre las hendijas y una primera puerta siempre abierta, en complicidad con un viento castigador que soplaba en todas las direcciones y principalmente desde las claraboyas que dejan pasar hasta el aire.

 

Mis brazos no alcanzaban para contener el poco calor que producía mi cuerpo, y éste tampoco era suficiente para sacudirme el frío que me entumecía y limitaba mis movimientos. Pronto el clima me envió al baño con una necesidad fisiológica aplazada desde la noche anterior y entré en un retrete arcaico como de siglos pasados, que estaba abandonado al final de El Pabellón de la Desolación y expedía un hedor nauseabundo.

 

Las burlas y los insultos de los agentes no daban tregua, sin embargo, como hasta la rabia y los temores ya me habían abandonado, me detuve en detallar a mis compañeros de aquel salón desolado dominado por el desespero, la angustia, el hambre, el sueño, el cansancio, la culpa y la incertidumbre.

 

Cuando el reloj marcó las nueve de la mañana, cuando mi cuerpo comenzaba a manifestarse por el largo tiempo sin pasar alimento, cuando el sueño dominaba mi voluntad y sin ganas cerraba mis párpados y cuando ya había alcanzado algún grado de familiaridad con el lugar y los presentes, un aire soñoliento se fue esparciendo lentamente por el recinto de paredes altísimas terminadas en un entramado de alambre de púas.

 

Uno a uno todos fuimos siendo vencidos por el sueño. Hasta los tres jóvenes encumbrados que habían pasado cuatro horas moviéndose de un lado para otro recelosos de todo y mirando con desprecios las toscas sillas de metal fijadas al piso, ahora se acomodaban y buscaban la mejor posición en aquel metal frío y oxidado, se arropaban con los brazos, tal como lo hacíamos todos, ya no les importaba la suciedad y los malos olores, cayeron rendidos a soñar tal vez con las comodidades de sus casas, ya no importaba si se cuidaban la espalda el uno al otro y por lo menos en sus sueños, ya no desconfiaban de todos.

 

El hambre acosaba y el sueño lento y perezoso venció los cuerpos agotados. Venció al militar musculoso que exhibía con orgullo sus bíceps a pasar del frío, al hermano del policía que siempre ha sido el dolor de cabeza para su familia, al soldado que lamentaba perder ahí su día de descanso, al vendedor callejero con la barba desarreglada y el pelo largo enmarañado, al joven con cara de malo y lenguaje de la calle, al borracho que quería salir para seguir tomando, al padre de familia, al tuerto, al cari cortado, al marihuanero, al universitario, al que se las daba de intelectual y conocedor del mundo y a mí. Todos dormíamos con el frío a cuestas golpeando duramente las espaldas y acurrucados para concentrar la mayor cantidad de calor posible. Todos éramos iguales.

 

El silencio del sueño se desvaneció cuando uno de los cabos del nuevo turno cuestionó a viva voz la dignidad de nuestras madres, mientras nos invitaba a escuchar la charla de un abogado leguleyo convencido de que la represión es la mejor herramienta para mejorar la convivencia.

 

Los policías nunca se cansaron de jugar con nuestro deseo de salir pronto y superar ese episodio de nuestras vidas y cada vez que nos hablaban en medio de insultos y groserías, nos daban una hora diferente de salida, por supuesto, después de la segunda vez ya nadie les creía y el rumor general era que nos retendrían hasta que se acercara la noche.

 

Al mediodía, cuando superé las 24 horas sin probar alimento y deliraba con cualquier comestible para mitigar el hambre que devoraba mi estómago, tres agentes se turnaron para saborear sendos almuerzos en frente de nosotros y recrear todo tipo de burlas mientras degustaban pollo, carne, yuca y otros manjares de deliciosos olores. Olores que aspiré una y otra vez, mientras daba la espalda a los humillantes comensales. “Yo también sé lo que es comer”, me dije, “y yo que pensaba que es duro comer frente a quien tiene hambre”.

 

Cuando ya la fuerza para mantenerme en pie, lo único que me quedaba, estaba a punto de abandonarme, me prometí que no me dejaría desmayar. No ahí. Y repetí una y otra vez en mi interior, “resiste… resiste…”. En ese momento me dejé deslizar suavemente por la pared tapizada de excremento de palomas, me senté en el piso, froté mis brezos para calentarlos y anhelé la luz del sol, esa que estaba tan lejos de mi piel fría, fría por el clima y por el hambre.

 

La última vez que miré el reloj eran las dos y media de la tarde, ya casi se me había ido el día y fui testigo de las horas una a una. El último policía que se había burlado de mi apetencia volvió a tomar una lista y comenzó a leerla, era la segunda vez que lo hacía. De repente, sin que yo lo esperara, anunció mi nombre. Bueno no era mi nombre, pero sabía que se refería a mí, “Yohan Valencia”, dijo. En seguida recuperé el aliento, me incorporé y me dirigía a la puerta por la que nunca más espero volver a entrar. Firmé un libro atiborrado de nombres que esperaban ser leídos, miré al policía a los ojos y me dijo: “pa su puta mierda, por acá espero no volverlo a ver más”. Le di la espalda, recogí mis cosas, callé cualquier respuesta y salí.

 

Finalmente, me acerqué al portón cuyo color no había podido descifrar cuando ingresaba la patrulla por la oscuridad de la madrugada, era una puerta naranja la cual atravesé y cerré con fuerza, esperando que nunca más se vuelva a abrir para que yo entre. Reflexioné un poco, miré en todas las direcciones, reconocí la fachada del lugar, valoré el estar libre, caminé hacia la avenida, tomé un taxi y lloré. Lloré por no ser un delincuente, lloré por no haber tenido el valor de sacudirle a los cuatro vientos la madre a los policías que sí estrujaron la mía, lloré de impotencia, lloré de hambre.

 

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