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Salinas de Manaure, ruinas de un pasado glorioso que dio vida y sabor a un pueblo

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De los altísimos pilones de sal marina, blanca y de diferentes tonalidades, que se elevaban en las orillas de las playas de Manaure, no queda sino el recuerdo. Con nostalgia sus pobladores hablan de ese pasado glorioso que le dio vida y dinamismo a todo un pueblo y puso sabor en las mesas colombianas.

El orgullo de Manaure  ha caído en ruinas, el declive sobrevino por las malas administraciones de la empresa Sama que dirigía la explotación salina y se combina con el sin sabor y la tristeza de las comunidades que explotaban el preciado mineral blanco, producto del agua condensada por los soles eternos de esta península árida y de pocas precipitaciones que es La Guajira.

Ya el orgullo de Manaure, sus altísimos pilones de sal blanca en las orillas del puerto carguero, o de las mismas salinas, no ondea con altivez desde la distancia. Ya los turistas no se agolpan asombrados para apreciar el brillo del mineral y ser testigos de la extracción. Ya los habitantes de Manaure no se refieren al mineral como la fuente que da sabor y sentido a sus vidas.

La extensa zona de fosas cuadradas y rectangulares de dimensiones abrumadoras, hoy son un campo desolado que hace honores al abandono y  a la nostalgia. Las charcas a medio llenar y la cantidad de perforaciones vacías en la tierra, dan cuenta de un pasado glorioso y de una abundancia que bien se puede calificar como flor de un día. Los campos saleros de Manaure hoy son campos de desolación donde han ido a parar todo tipo de residuos y desperdicios que la misma población hace llegar hasta ellos.

Los grupos dinámicos de wayúus y arijunas trabajando con entrega, paciencia y conocimiento, en las salinas son cosas del pasado. Apenas si se cuenta a unos pocos indígenas arañando  la única mina que queda en explotación, con una capa de sal que no supera los 60 centímetros, luego de que en tiempos pasados la costra de sal formada por la evaporación del agua marina alcanzara hasta los 100 centímetros.

La sensación de abandono en las salinas es tal, que las grandes mangueras que un día sirvieron para llenar una a una las charcas conectadas por canales internos, hoy son parte de la gran variedad de basura que abunda en el lugar.  Los puentes que permitieron una y otra vez el flujo constante de la producción salera yacen  deteriorados y hasta en el suelo, luego de que el hierro que los sostenía cediera ante la corrosión de la sal misma que un día dio vida a todo un pueblo.

Las salinas ya no son un atractivo turístico. En los dedos de la mano se cuentan los visitantes que llegan a presenciar las ruinas de un emporio salero  y los habitante de Manaure ya no se jactan de los montículos que hoy no superan  los 10 metros. Lo que sí es aún constante entre los pocos trabajadores y el pueblo en general, es una añoranza perenne sobre lo que fue y ya no es.

Si bien en Manaure todo tiene sal, hasta el agua de uso cotidiano, esta misma sal parase haberse devuelto sobre  la basta extensión de minas productoras, sobre la administración de la compañía comercializadora del producto y sobre la esperanza de quienes vieron elevarse día a día las montañas blancas y brillantes del mineral símbolo de progreso y fuente de trabajo.

No obstante, mientras haya un gramo de sal en las minas  de esta población, salera por tradición, los artesanos seguirán arando el suelo para desprenderlo, haciendo uso de su conocimiento y aplacando así su nostalgia. Entretanto, el sol eterno de La Guajira seguirá convirtiendo en sal cada gota de agua de mar que, por voluntad humana o por azar, caiga en alguna de estas fosas abandonadas, restos de un pasado que dio prosperidad y llevó visitantes sin número que llegaban a Manaure atraídos por la miel de su sal. 

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