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Palenque retumban los tambores

Desde el lejano y apartado rincón de África en Colombia, llega hasta el centro urbano más grande del país un grupo de palenqueros que trae consigo una muestra completa de su música, danza y lengua. Dispuesto a mostrarle a los capitalinos por qué la Unesco galardonó su cultura como Obra Maestra del Patrimonio Intangible de la Humanidad.

 

Es la XXI versión del Festival de Tambores y Expresiones Culturales del Palenque de San Basilio y en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, un rótulo grande en letras brillantes anuncia la celebración: “Palenque, del Ritual de Lumbalú a la Euforia de la Champeta”.

 

La sala comienza a llenarse de personas que han sido invitadas para el lanzamiento de este evento. Uno a uno van llegando con su invitación en la mano, la entregan al portero y entran dispuestos a disfrutar plenamente de todo lo que el título ofrece.

 

Ocho y veinte de la noche. La sala está totalmente ocupada y no queda una silla por si alguien viene un poco tarde, pues el evento estaba anunciado para las ocho en punto.

 

Las luces se apagan lentamente, el público se acomoda, la fundación BAT, promotora del evento, proyecta un video sobre su gestión cultural en el país y de repente, sin que nadie lo espere, unas voces entre gargantas, voces de palenqueros, entonan un canto a capela: “Palenque fue fundado… fundado por Benkos Biohó (…)” y los espectadores en pleno miran hacia atrás, de donde vienen las voces. Pues la función ha empezado.

 

Ocho hombres con trajes tradicionales son seguidos por la mirada de la audiencia mientras caminan lentamente y se acercan a la tarima. Se alinean frente al público, terminan su canto, se dividen en dos grupos iguales y desaparecen del escenario.

 

“Alegría… con coco y aní, caseras cómprenme a mí”, es la voz de una palenquera que como las vendedoras de Cartagena pregona a los cuatro vientos sus productos. Ella sube al escenario, saluda en su lengua (el palenquero) y nos invita a vivir ese pedacito de África en Colombia.

 

Esta es una noche de ritual de Lumbalú, de bullerengue, de chalupa, de danza de cabildo, de sexteto y de champeta.

 

El primer telón se levanta. Una luz brillante se enciende, el público aplaude en forma desmedida y un joven negro a medio vestir, de músculos definidos y mirada de terror, aparece en escena en una lucha contra la muerte. Pero es vencido.

 

Una voz gutural entona un canto de Lumbaú, canto de muerte, con un sentir tan profundo que llega hasta el alma. Y ante una audiencia silenciosa y expectante, aparece en el escenario oscuro un grupo de siete muchos vestidos de blanco, cargan el muerto en sus hombros mientras detrás de ellos otro grupo de catorce mujeres vestidas con grandes y coloridas polleras, canta, llora y baila. Se forma una danza de gritos cantos y lamentos alrededor del muerto.

 

“(…) Monasito monayo… pe de los santo señó (…)”, con estas freces de un canto fúnebre y unos golpe de tambor del mismo corte, se despiden en medio de los aplausos.

 

Lentamente se eleva el segundo telón, los tambores suaves repican y repican, y un grupo de ocho bailarinas con pollerones blanquísimos, la voz de las cantadoras y el golpe doble da la tambora, anuncian que el Bullerenque ha llegado. Baile ritual, cadencioso, que representa el paso de niña a mujer, en el que se expresan y manifiestan los dolores de la preadolescencia. La sincronía es única y sus rostros de niñas dan la sensación de estar presenciando la ceremonia pura. Con movimientos suaves y un aplaudir tranquilo van desapareciendo del escenario mientras reciben como estímulo un grato aplauso del público.

 

“Mamá… me duele, mamá… me duele, me estoy acabando (…). Canta Graciela Salgado, una cantadora innata que heredó de sus ancestros una tradición milenaria que ha sido transmitida época tras época.

 

Es el canto negro, canto de cimarrones, acompañado por los tambores de una cultura que desde siempre le ha cantado tanto a la vida como a la muerte. Graciela canta al mismo tiempo que menea y remenea sus ya desgastadas caderas, dejando advertir rastros de la bailadora que fue en sus años mozos, pero su voz sigue intacta. Salgado interpreta el tambor y el público se excede en euforia. Lo golpea con ahínco y el retumbar profundo del cuero invade el salón, mientras su expresión anuncia total regocijo, como si la fuerza de Añá tomara posesión de todo su ser.

 

El segundo telón cae y de pronto el teatro en pleno truena con los golpes estremecedores de los tambores que proclaman la llegada de la chalupa. Un frenesí de cuatro membranófonos, una guacha, una tambora y las fuertes voces de dos cantaoras hacen rebozar la alegría.

 

En el Jorge Eliécer Gaitán retumban los tambores, retumban desde el Palenque de San Basilio, retumban en Bogotá y retumbarán por siempre. Porque no es de hoy el tamboreo”.

 

La percusión se toma la sala, y los tamboreros poseídos por el ritmo que el instrumento produce, golpean y golpean. Golpean con sus manos grandes, amplias y curtidas por la tradición. Golpean con tanta fuerza el cuero de los parches, que dejan advertir su única intención: exprimirle y arrancarle hasta la última nota a estos cueros sonoros y dejar constancia de la percusión más fuerte que jamás se haya escrito.

 

Es el canto palenquero, que salió de los montes y fue traído a la urbe, por su gente, en su lengua y en su manifestación pura.

 

Ocho jóvenes con coloridos vestidos, bailan y vibran junto al mismo número de mujeres. Dan vueltas en forma desmedida, giran y contornean todo su cuerpo al compás que marcan los cueros y la caja de la tambora, porque en este momento el baile es libre y cada uno sólo se deja llevar por lo que siente, mientras se observa una fiesta de colores.

 

Los espectadores extasiados aplauden al son que los músicos marcan y se dejan llevar por la contagiosidad del ritmo de los instrumentos y por esa voz que no se entiende pero penetra y se siente.

 

“Allí plaza di Palengue… ¿Quí pasá?, cierto caso sucedió… ju ju (…)”. Son las freces de un baile en forma de diálogo que combina la lengua palenquera con el español. Los bailarines balancean sus caderas mientras palmotean y ejecutan su coreografía, que esta vez comienza con una línea diagonal dinámica que pronto se disuelve, en la que el colorido, los pasos animalados y el repique intermitente de los tambores junto con los movimientos rápidamente ejecutados, dejan advertir una danza cromática.

 

La fuerza del Mapalé se asoma con su golpe y ritmo. Un ritmo que posee el cuerpo sudoroso de quienes bailan, un ritmo que corre por dentro de la piel, un ritmo que se lleva en la sangre. Aquí el danzante guía su cuerpo por el lenguaje de los tambores.

 

Las contorciones corporales y el goce que reflejan los intérpretes del baile, dan un toque de erotismo a este ritmo ancestral, que se caracteriza, entre otras cosas, por sus movimientos fuertes e insinuantes. Y así con su baile rápido y sus caderas descontroladas vuelven al camerino.

 

“Mujer tate tranquila (…)”, es uno de los versos que canta Rafael Cassianni acompañado por la música que producen el tambor, los timbales, la marimbula, las maracas, la clave y el güiro. Seis instrumentos que forman este conjunto musical y tal vez el origen de su nombre: Sexteto Tabalá.

 

Ocho bailarines aparecen en el escenario con un bailar suave y cadente. En sus rostros la alegría se manifiesta por medio de una sonrisa amplia y de exagerada blancura que contrasta con la negrura de sus pieles. Se dividen en dos grandes grupos que bailan en los extremos del entablado, con un vaivén de caderas, los hombres elevan sus sombreros nacarados y giran en un solo pie. Las mujeres los rodean con halagos y coqueteos, para luego terminar en un congelado sensual.

 

Rafael Cassianni canta y baila, con una camisa de mil colores y un sombrero de paja. Él salta, grita y zapatea, se goza al máximo sus letras y su música. De esta manera se despide el Sexteto Tabalá.

 

Pero esta exposición cultural no termina aquí. La noche del Palenque sigue y para esto vuelven los tambores y la voz ronca, los bailarines aparecen de nuevo con el brillo de sus trajes, danzan y se van.

 

Luego, un negro de cuerpo grueso y piel brillante aparece en escena para hacer un solo de movimientos frenéticos, guiado por el rugir de la percusión. Posterior mente, lo acompañan los otros bailarines, interpretan juegos de Lumbalú y se marchan en medio del golpe intenso de los tambores que parece no quererse acabar nunca, al igual que los aplausos de una audiencia eufórica que se ha entregado al espectáculo y no ha cesado de aplaudir.

 

La sensualidad llega a su punto máximo con la aparición del grupo de Champeta Ane Swing y la voz de Viviano Torres. Él vestido con los colores nacionales viene para decirles a los asistentes que Palenque también es Colombia y que la cultura palenquera nos pertenece a todos.

 

De igual forma que con las otras manifestaciones musicales, los bailarines realizan planimetrías perfectas una y otra vez, con vestiduras ligeras y el mismo sabor y emotividad que ponen al interpretar cada danza, pero esta vez el baile es más sensual y atrevido.

 

Viviano sigue cantando con su voz fuerte y sintiendo esa música que es su pasión. Agradece a Yahvé, a todas las personas que hicieron posible la realización del evento y a los asistentes.

 

Los bailarines realizan la última intervención coreográfica, involucran al público y éste responde de pie con algunas personas que suben al escenario y una tempestad incontrolable de aplausos.

 

Así termina una noche de recorrido por el llamado rincón de África en Colombia, una noche que en verdad partió desde el ritual de Lumbalú hasta la euforia de la Champeta. Una noche donde los palenqueros pudieron demostrar que son más que una población apartada y desconocida, una noche donde ellos mostraron los valores de una cultura de antaño que ha logrado sobre vivir sabiéndose adaptar al mundo modernizado.

 

Luego, los participantes del evento se organizan en una línea curva para hacer la venia, los espectadores siguen aplaudiendo y el último telón cae.

 

Quienes presenciaron la presentación comienzan a abandonar el recinto en medio de los comentarios. Uno a uno cruzan la puerta y salen a la calle para tomar su rumbo y distribuirse de nuevo entre los rincones de la ciudad.

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